Todos los bebés lloran a lo largo del día. De hecho es la primera manifestación que realizan al llegar al mundo.
Después, el llanto les servirá para comunicar sus necesidades. Sin
embargo no todos los niños son iguales y algunos más inconsolables que
otros pueden poner al límite la paciencia de sus padres.
Y es que, como
nos cuenta Esperanza Gómez-Olazábal, educadora infantil, “llorar es una
exteriorización de nuestros sentimientos, consustancial al ser humano.
Todas las personas, lloran para liberarse de las emociones que le
invaden interiormente. Los niños pequeños al no saber hablar, sólo
pueden expresarse a través del llanto. El recién nacido,
cuando tiene sensaciones desagradables o necesidades fisiológicas como
hambre, sueño, dolor, frío… llora y su madre acude a satisfacer esa
necesidad o aliviar esa sensación desagradable. Poco a poco el niño va
asociando esta causa-efecto, siendo consciente de las intenciones
cariñosas de los adultos cuando le cogen, le acunan, le hablan y le
acarician, y de este modo reacciona ante ellas”.